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La Tiara
Por
Luis G. Abbadie
No hace mucho visité N’ridab, la antigua ciudad
cuyas torres portentosas forjadas en oricalco
parecen, en la distancia, la diadema de un titánico
dios olvidado, que hubiese quedado abandonada por
descuido en medio del desierto de Nedaph.
En
efecto, los viejos mercaderes que conocen los
senderos del desierto cuentan todavía, por las
noches cuando se congregan en torno al fuego, la
leyenda de un dios grande como una montaña, un
dios cuyo nombre ya nadie recuerda, que descendió
de las estrellas con una tiara ornando sus sienes,
cuando las Altas Tierras del Sueño no eran más
que un erial frío e ilimitado, vacío porque en
el mundo vigil
la Tierra
era un planeta caótico en el que aún no nacían
animales u hombres capaces de soñar, y de poblar
las Tierras del Sueño con sus visiones.
El
antiguo dios deambuló por la desolación, quizá
durante cientos de años (aunque no existían día
o noche que permitiesen regular el tiempo), y su
única compañía era la desesperación que su
soledad le causaba.
Llegó
el momento en que, incapaz de soportar esa
eternidad de existir sin motivo y sin compañía,
se tendió en el duro suelo y se entregó a la
muerte, el único e invisible habitante de esta
desolación desde mucho antes que llegase la vida.
Apenas
un momento después de que sus ojos se cerraran
por vez final, las tinieblas eternas retemblaron,
y brotó la luz, y una Luna apareció en medio del
vacío de los sueños inexistentes; fue cuando en
la Tierra
nació la primera criatura capaz de soñar, y su
primer sueño fue un plenilunio.
La
primera noche dio paso al amanecer, y así pasaron
los días, los años, los siglos. El calor del Sol
bañó una y otra vez el cadáver del dios
olvidado, desecó sus carnes, volvió amarillos
sus huesos; hasta que los huesos fueron polvo, y
ese polvo es la arena del inmenso desierto de
Nedaph.
Y
la magnífica tiara de oricalco que el dios había
ostentado permaneció ignorada en medio del
desierto, hasta que una caravana la encontró y la
convirtió en la poderosa muralla que todavía
protege a los ciudadanos de N’ridab.
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