| Los Tiempos de la Hoguera
Versión Actualizada, 22 de Agosto de 2007
Por Luis G. Abbadie Por largo rato ha estado aquí una versión plagada de errores de este artículo; desde la creación de esta web, fue puesta por error una versión primitiva del mismo hecha por mí aún antes para unos amigos de un foro wiccano, y nunca rectifiqué la versión aquí presentada, hasta ahora. Los Tiempos de la Hoguera, o Burning Times, es una frase muy utilizada en el ámbito neopagano. Los Tiempos de la Hoguera, se dice, son un recuerdo amargo e intenso en todos los corazones wiccanos, de la misma forma que el Holocausto nazi pesa en el espíritu de cada mujer y hombre judíos; pero si queremos comprender la verdad histórica y poder entablar un diálogo con los católicos, no se puede ver a la Iglesia Católica únicamente como la institución detrás de un holocausto propio; la historia humana nunca ha sido ni será tan simplista. Ni los wiccanos sufrieron jamás el yugo de la inquisición ni hubo tal holocausto. Sin embargo, hubo una persecución; hubo juicio y condena por brujería. Pero hace falta entender esto. Primero, recordemos que hubo un tiempo cuando el cristianismo era también una religión perseguida; los mártires cristianos fueron por mucho tiempo el alimento favorito de los leones en el Coliseo romano. Mucho antes de ello, el pueblo judío habría sido –de acuerdo con el relato bíblico– esclavizado por los egipcios, amagado por los babilonios... en fin, a lo que quiero llegar es que la tradición cristiana muestra una y otra vez que la religión del Dios de los judíos y de Jesucristo sobrevivió a través de siglos de persecuciones, amagos, opresión y desprecio por parte de distintos pueblos paganos... justamente como la versión popular entre brujos y paganos dice que la brujería sobrevivió a la persecución y amago de los pueblos cristianos. No pretendo decir que estamos parejos, ni que se trata de algún tipo de venganza histórica, ni mucho menos; el asunto es que para el catolicismo, los pueblos paganos siempre desempeñaron el papel de adversarios, al igual que éste fue el papel de los propios cristianos para los paganos. ¿Cómo culpar entonces al católico promedio de estremecerse en nuestros días ante el resurgir del paganismo, al que considera su tradicional antagonista? Y más que eso: ¿Acudirías con George W. Bush y esperarías obtener una perspectiva realista y objetiva acerca de Saddam Hussein? Me atrevo a anticipar que no; porque está en la naturaleza humana atribuir las peores infamias a nuestros enemigos (uno de esos divertidísimos rumores que circulan por la Internet afirma que Hussein mandó escribir en sangre una copia del Corán, para seguir con nuestro ejemplo). Por eso no podemos esperar que la Biblia se deshaga en halagos acerca de las virtudes de los fieles de Apolo y Astarté; como tampoco tendría sentido que la tradición Wicca busque justificar las acciones inquisitoriales en los Tiempos de la Hoguera. La tradición de cada fe pinta a los otros como “los malos”, y como su propósito, en ambos casos, es documentar el trayecto de los propios, la precisión histórica en cuanto a los ajenos no era indispensable. Pero si hemos de comprender mejor la dicotomía cristianismo/paganismo, el estudio de la historia, siempre en evolución, nos ofrece un enfoque sorpresivo. Nos ayuda mucho saber que la Inquisición católica se ocupaba de mantener a los cristianos “en el buen camino”, y castigaba únicamente a católicos que practicaran actividades no cristianas, tales como magia y sanación paganas, costumbres árabes o judaicas, o bien blasfemar o actuar en contra de los preceptos cristianos. En cambio, quienes abiertamente pertenecían a otras religiones, eran tolerados y dejados en paz. No ayuda tanto, en cambio, la obvia distinción entre la forma en que la conversión al cristianismo era alentada, mientras que la conversión del cristianismo al paganismo era castigada. Para colmo de males, el que la Iglesia respetara a los paganos declarados no significa que el vulgo hiciera lo mismo; aun hoy algunos hogares son apedreados sólo porque sus habitantes son judíos, o de alguna otra fe no cristiana; ¿cuán marginados no serían los paganos de hace un milenio por sus vecinos cristianos? Insultados, golpeados, despreciados, incluso sin poder comerciar honestamente, muchos paganos deben haberse visto obligados a declararse “públicamente” cristianos, para poder convivir y pertenecer a una comunidad, mientras en la intimidad de sus corazones conservaban su verdadera fe pagana. Pero al ser descubiertos, eran castigados y amagados por ello. Y cuando la cacería recrudeció, perseguidos y ejecutados; acusados de practicar ritos perversos y canibalismo... las mismas acusaciones alguna vez sufridas por los propios cristianos en sus inicios. Paradójicamente, la leyenda negra de la Inquisición ha demostrado ser eso, una leyenda negra; a pesar de lo cual, las persecuciones en las cuales se basa la leyende de los Tiempos de la Hoguera no dejan de ser terriblemente verdaderas. Valoro en el Paganismo que es pragmático, que no va contra la ciencia ni la desdeña, puesto que no se considera sobrenatural; su "génesis" no se contrapone con la antropología, sino que incluso se sustenta en ella. Por ello me parece posible e incluso necesario que los wiccanos y neopaganos conozcan no sólo el mito de los Tiempos de la Hoguera —que en su verdad mítica expresa con toda justicia, y una generosa porción de licencia poética, la trayectoria heroica de los antiguos hombres y mujeres que a veces siendo brujos, a veces no, sufrieron por igual el yugo de la intolerancia hacia la Brujería—, sino también la verdad histórica, que nos recuerda que no todo es blanco y negro, y que si bien a veces hacemos pagar justos por pecadores, los unos no siempre lo son tanto y los otros, acaso pecan de buscar la paja en el ojo de los primeros. ¿Cuál es la diferencia entre un juicio de la Inquisición y un juicio “por inquisición”? El primero es orquestado por el Santo Oficio; el segundo, es un juicio laico, por el poder judicial de la localidad, que es realizado “por inquisición”, que es el método de enjuiciamiento habitual en la época. Esta diferencia de significado no fue reconocida ampliamente hasta hace unas tres décadas; antes de ello, todos los juicios “por inquisición” eran atribuidos por error a la Inquisición eclesiástica. Además, una de las principales fuentes bibliográficas de las ejecuciones por herejía resultó ser un fraude, inventando numerosos casos y masacres. De lo que resulta que los tiempos de la Hoguera sí fueron reales, y mucho; pero la iglesia católica sólo fue el catalizador, y luego se le salió de las manos. Ocho de cada diez ejecuciones por brujería fueron obre de los tribunales regionales y civiles, y no de los tribunales eclesiásticos. Debido a que muchos textos, tanto antropológicos como religiosos paganos, obtenía de segunda o tercera mano la información, la fuente principal eran las crónicas escritas por los propios cazadores de brujas; muy pocos estudios recurrían a la bibliografía principal, los registros de los juicios conservados en las cortes de la época. Los cazadores de brujas eran sensacionalistas: necesitaban hacerse necesarios; por ello exageraban las cifras con frecuencia. Por otra parte, los registros de los juicios conservaban datos no sólo de los casos más sensacionales, sino de los más sencillos, incluso aquellos que se ocupaban de alguna curandera, etc. Pero ¿cómo revisar estos registros si había millones de juicios en ellos, y sólo unos cuantos eran sobre brujería? En medio de las demandas, robos, calumnias, y mil pleitos más, había que rastrear el material útil. En las últimas décadas, esta tarea abrumadora ha sido finalmente enfrentada, y la verdad surge, no menos negra que la leyenda, pero sí muy diferente. La persecución de las Brujas no ocurrió en la Edad Media, como algunos dicen; tales casos eran infrecuentes en los días de auge de la Iglesia Católica. Es durante su crisis –la reforma luterana– que las distintas facciones cristianas vieron en la Bruja un buen chivo expiatorio. En el Medioevo, las leyes arcaicas contra la magia nociva permanecían iguales: “Si una mujer lleva a cabo brujería y encantamientos y filtros mágicos, ayunará (en pan y agua) por doce meses... Si mata a alguien con sus filtros, ayunará por siete años” (Egbert, 950–1000 d.C.). El papa Alejandro IV dictaminó en 1258 que “Los Inquisidores, comisionados para investigar la herejía, no deben intervenir en investigaciones de adivinación o hechicería sin conocimiento de que haya herejía manifiesta involucrada”. Pero a partir del siglo XIV la paranoia comenzó. Entre 1500 y 1650 tuvieron lugar las peores persecuciones. Hasta 26 mil víctimas se han comprobado en Inglaterra, en tanto no más de cuatro murieron en Irlanda. Por fortuna, el legendario ajusticiamiento de 400 brujos franceses en un solo día resultó ser una ficción del siglo XIX; si bien Francia no era tan inocente, Suiza y Alemania fueron más despiadadas en su persecución. Hubo más juicios en estos países así como en Escocia y en el norte de Italia. Donde la iglesia católica era más fuerte –como en España e Italia–, las muertes por brujería se reducían a un mínimo (mas no necesariamente por otras herejías, sobre todo las judaizantes). Las cortes locales de cada comunidad condenaban a un 90 % de los acusados; las cortes nacionales y eclesiásticas a un 30 %. Porque los casos de magia negra –crímenes, asesinatos, incendios– eran responsabilidad de las cortes comunitarias, en tanto los casos de adivinación, curanderismo y otras formas de magia blanca eran juzgadas por la Iglesia. La curación no era tan castigada como la maldición; además, en tanto las cortes civiles debían castigar y eliminar al criminal, las cortes eclesiásticas buscaban “salvar” a los criminales, haciéndolos arrepentirse. Para colmo, resulta que la Inquisición española, tenida mundialmente por cumbre de la infamia, fue la más benévola... para los Brujos, en todo caso. Sí, se torturaba; y claro que hubo ejecuciones. pero, mientras en Alsacia Nicholas Rémy presumía de seis brujas que habían preferido ahorcarse a ser enjuiciadas y ejecutadas por él, y se jactaba de haber ejecutado a más de 900 brujas en una década, la Inquisición en España declaraba que nadie sino ellos mismos tenían derecho a juzgar por Brujería; al tiempo que declaraban que “no había brujas ni embrujados hasta que no se empezó a hablar de ellas” (léase: psicosis colectiva, en lenguaje arcaico) y se hizo un “Edicto de Silencio”, prohibiendo hablar de Brujas, negándose la Inquisición a juzgar, por ficticio, un “crimen” que prohibía a nadie más juzgar. Así, fuera del asedio a las Brujas vascas de Zugarramurdi que precedió al Edicto de Silencio y (y en el cual, de centenares enjuiciados, sólo un par murió, no ejecutadas sino debido al efecto del calabozo en su avanzada edad) y a algunos casos en que el gobierno hizo caso omiso de la prohibición del Santo Oficio (como en Vizcaya, en 1616, cuando se debió renovar el “Edicto de Silencio” pero el rey dio autonomía a las cortes civiles para ignorar la prohibición religiosa y condenaron a 289 brujos; o bien en Cataluña, unas 300 personas murieron antes que la Inquisición detuviera los juicios), casi no hubo ejecuciones de Brujas, y las que hubo fueron casi todas por el gobierno y las leyes laicas. En cuanto al legendario Torquemada, tan radical que gran parte de la misma Iglesia en España le despreció, estaba demasiado ocupado persiguiendo y exiliando a su propia sangre de la que renegaba –los judíos– como para perder su tiempo con brujerías. Entre mil 500 y dos mil personas murieron quemadas bajo el yugo de Torquemada, que no es poca cosa; pero ocho de cada 10 eran judíos, y no pocos eran moriscos. En cambio Pierre de Lancre condenó sólo a 600 personas a la hoguera, pero todas y cada una eran Brujas, confesas sin uso de tortura. Que les haya arrancado sus confesiones sin los tormentos habituales no exonera a este enemigo declarado de la Vieja Religión, impulsor, por cierto, de la única histeria brujeril española en Zugarramurdi. Deshonor a quien deshonor merece. En Salem, sabemos que ni una sola de las víctimas de la histeria era Bruja (salvo la negra Tituba, que era santera y no bruja, y fue perdonada por confesar). Sin embargo, muchos brujos murieron en territorio norteamericano. La historia no redime al país del Norte (si bien, cuando encontremos a una de esas brujas New Age que se lamentan haber sido quemadas en Salem en otra vida, seamos discretos y no le recordemos que en los EU no se quemaba a las Brujas: se les estrangulaba o ahorcaba. ¿Para qué corregir a la ingenua? Ya se está quemando sola). Dice la leyenda negra que nueve millones de brujos fueron a la hoguera; la investigación reduce la cifra enormemente, a 40 mil ejecuciones admisibles, si bien no se ha dicho la última palabra. Antes de rebelarnos contra esta cifra menos aplastante, recapacitemos: ¡ojalá y aquellos intentos por reducir de igual forma la cifra de víctimas del holocausto nazi también pudieran comprobarse! Así, menos seres humanos habrían sufrido. Alegrémonos de que no tantos hayan muerto. Pero ¿40 mil muertes por no ser fieles a los dogmas mayoritarios es en verdad una cantidad pequeña? Además, ¿acaso los que vivieron no sufrieron? La cifra se multiplica en forma desmesurada si añadimos a quienes fueron arrestados y torturados, física o psicológicamente, para luego ser liberados; a quienes pasaron meses o años encarcelados o en penitencia, para luego pasar el resto de sus vidas marginados y repudiados por sus vecinos los “buenos cristianos”. ¿Y qué decir de quienes vivieron ocultos la vida entera, durmiendo cada noche con el temor de amanecer ante un tribunal sólo por atreverse a celebrar bajo la Luna llena? ¿Son poca cosa las persecuciones y ejecuciones que sí ocurrieron, necesitan más sangre para no dejar de ser terribles? Copyright © 2004, 2007 Luis G. Abbadie |