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El Anillo de Aradia
Por
Luis G. Abbadie
-Este
–dijo Tanit, señalando la fotografía- es el
anillo de Aradia, la reina de las brujas. Y en un
par de días podremos verlo, tocarlo; será
nuestro.
Daniel,
alzándose en su cama, abrió mucho los ojos,
aunque ya conocía la imagen. Tan hermoso era que
su imaginación se perdía en los recovecos del
asombro.
A
pesar de su nombre, no era literalmente un anillo;
se trataba de una gema solitaria y sin montura,
una aguamarina circular y aplanada. Era hueca, y
semitransparente, como si una burbuja de aire
abarcara la mayor parte de su interior en perfecta
simetría. Si las dos caras de la joya no
encerrasen totalmente ese espacio interior con
perfectas y finas paredes de piedra
semitransparente, los bordes de piedra más espesa
que delimitaban la circunferencia de la joya habría
constituido un anillo perfecto. Cuando Tanit se lo
describió a Daniel por primera vez, había tomado
su anillo matrimonial, y le había dicho: “Imagínate
que ponemos este anillo entre dos monedas del
mismo tamaño, y luego las hacemos transparentes,
y que se unan en una sola pieza con el anillo. De
forma que, si le quitáramos las monedas, quedaría
un anillo otra vez”. Daniel no había tenido
problemas para visualizarlo.
Tanit
acababa de recibir confirmación de la compra de
esta pieza; muy pronto estaría en la colección
familiar, de la cual jamás debió salir. El dueño
actual había prometido a Tanit hacerle llegar los
resultados de una serie de estudios realizados en
su empresa joyera para averiguar cómo pudo ser
confeccionada tan extraordinaria pieza. A Daniel
le gustaba preguntarse mucho si la leyenda del
anillo sería cierta; otras veces fantaseaba
acerca de tecnología extraterrestre.
El
precio había sido muy elevado –su valor
radicaba más en su antigüedad y peculiar diseño
que en otra cosa-, pero nada valía más que el
entusiasmo de Daniel al contemplar la foto.
Los
problemas respiratorios de Daniel habían
empeorado desde poco después de su décimo
cumpleaños. Entonces empezó la interminable
pesadilla de consultas médicas, análisis, diagnósticos
pesimistas... Daniel odiaba el olor aséptico de
los consultorios; los mismos instrumentos médicos
que antes atraían su curiosidad, ahora le repelían.
Incluso los medicamentos alternativos lo
hastiaban. Pero luego de tres intervenciones a tan
temprana edad, tal cosa era inevitable. A veces,
Daniel se ahogaba en aquella tos seca y
desgarradora; era un crudo recordatorio de que, si
no hacían cuanto fuera necesario, su frágil vida
no duraría mucho tiempo.
-Cuéntame
la historia –dijo Daniel, con una voz de vidrios
rotos que oprimía el corazón de Tanit. Pero el
niño, con un esfuerzo implacable, obligó a su
garganta a proseguir-: Cuéntame otra vez lo de
Aradia... del anillo. De cómo lo fabricó ella.
Tanit
respiró hondo, tratando de sepultar el llanto que
rebosaba en su propia garganta. Sus labios apenas
temblaron al sonreír, y arrojando al cesto de
basura un kleenex húmedo con las lágrimas y la
saliva (rosada con un terrible matiz
sanguinolento) de Daniel, asintió con la cabeza;
una vez recobrado el control, se dispuso a
complacer al niño:
*
*
*
Hace
mucho, allá por el siglo XIV, vivió Aradia. Era
una mujer como todas, muy bella, aunque vistiese
con humildad de campesina, y tenía una modesta
casa en las afueras de una aldea italiana, en las
Colinas de Albano.
Se
decían muchas cosas acerca de Aradia; por
ejemplo, que Aradia era una strega –una
bruja.
En
la taberna, los campesinos comentaban estas cosas.
El hijo del tabernero (decían) había espiado a
muchísimos hombres y mujeres de las aldeas aledañas,
que iban por el bosque, furtivos, bajo la luna
llena.
Llegando
a un claro, allí bailaron, cantaron, alrededor de
una hoguera. Luego, de entre ellos salió Aradia
y, trepándose a una roca, les habló:
“Cuando
la luna llena os mire, vendréis a saludar a los
Dioses, y soplaréis al aire un beso para que
Diana os sonría. La sabiduría que compartís será
un secreto; no sea que los Dioses de la floresta,
paganos y festivos, sean malentendidos, y tomados
por demonios. Jamás os sometáis a los poderosos,
ya que el verdadero poder es vivir siempre con
plena libertad de cuerpo y espíritu. Jamás habréis
de herir a
la Naturaleza
, ni tomaréis una vida, pues la vida es sagrada,
y su comienzo y su fin lo señalan los Dioses.
Viviréis a través de la gran Rueda de los Años,
en el regazo de
la Naturaleza
y con el amor de los Dioses”.
Entonces
apareció en respuesta una mujer con tez de luna
(como Aradia) y cabellos de trigo, de la mano con
un hombre fiero con los atavíos del cazador, cuya
frente coronaban grandes astas de ciervo. Y Aradia
los saludó, llamándoles Madre, y Padre.
Y
las brujas y brujos danzaron, cantando sus
alabanzas.
El
hijo del tabernero escuchaba la charla, al tiempo
que iba de acá para allá sirviendo bebidas;
ellos no le prestaban atención.
Le
inquietaba cómo la historia que les había
contado iba transformándose más y más al pasar
de boca en boca. Él nunca dijo que Aradia hubiese
conminado a su gente a arruinar las cosechas por
medio de encantamientos; tampoco el hombre con
magníficas astas de ciervo era siniestro, ni
dejaba olor a azufre a su paso.
La
víspera de la luna llena, los hombres no vinieron
a la taberna; mas luego uno de ellos vino a
decirle que el párroco lo mandaba llamar.
El
sacerdote aguardaba en la sacristía, acompañado
de los hombres de la taberna. Entonces le hizo
repetir cada detalle de cuanto había visto en el
bosque. Aterrado, respondió como pudo. Luego, el
párroco empezó a interrogar a los hombres, como
si ellos hubiesen sido también testigos, y su
palabra más confiable que la del hijo de un
tabernero.
Él
se quedó en un rincón, ignorado como siempre; y
palideció conforme les escuchaba hablar.
¡Si
sólo se hubiera atrevido a interrumpir! Le habría
dicho al párroco en cuántas cosas le mentían.
Le habría explicado que la reunión que presidió
Aradia era una fiesta, y no una orgía; que los
brujos pidieron a sus dioses prósperas cosechas,
y no tempestades que arrasaran los plantíos de
sus vecinos; que al hombre con astas de ciervo, le
llamaban Cornunnos, y no Lucifer; que los cantos
de Aradia eran sólo bendiciones, y ninguna
maldición. Pero calló.
Jamás
sabría cómo tuvo el valor de ir a la casa de
Aradia, en aquella colina a las afueras de la
aldea, para narrarle cuanto había ocurrido.
Aradia
lo recibió con una sonrisa, sin una sola
pregunta, como si hubiese aguardado su visita, a
pesar de que ya pasaba de la medianoche. Confesó,
avergonzado, haber espiado su celebración, y
haberlo contado todo, incitado porque nunca nadie
había puesto atención en sus palabras. Por último,
narró lo que acababa de presenciar. Había venido
para advertirle que el párroco planeaba
emboscarla a la noche siguiente, en el claro del
bosque, cuando se reunieran los brujos bajo la
luna llena.
-No
es tu culpa –dijo Aradia-. Sabía que esto pasaría.
Mañana por la noche los estaré esperando.
-¡Pero
no puedes...! ¡Te matarán! ¡Te quemarán!
-Tú
contaste una historia y ellos la entendieron mal.
Creo que tú me entiendes mejor que ellos. ¿O no?
-N-no
sé... –titubeó-. Pero sé que no fue como
dijeron ellos. Sé que ese no era el diablo,
aunque tuviera cuernos; tenía una sonrisa... una
sonrisa buena, como la que tenía mi
abuelo. Y-y sé que no eres mala. N-no eres una
bruja.
Ella
sonrió de nuevo.
-Soy
una bruja. Pero tienes razón; no soy mala. Las
brujas serían malas si adorasen al diablo, como
esos hombres han hecho creer al buen párroco; si
trajeran males y desgracias. Pero tienes razón:
aunque tenga cuernos, aquél a quien viste nada
tiene que ver con el demonio de los cristianos.
“Ahora
déjame contarte otra historia, una muy antigua,
que tú sí podrás comprender.
“Cuentan
(pero es sólo una leyenda, algo que dicen los
viejos junto al fuego, como lo decían hace diez y
cien y mil años) que cuando todavía no existían
las ciudades, ni los reyes, ni el dolor, la luna
era el símbolo de
la Madre
de todo cuanto existe; y el sol pertenecía a su
esposo.
La Madre
era Diana, cuyo cuerpo era la tierra, su manto la
noche, la luna su diadema; pues ella daba vida y
sustento a todos los seres vivos. Y él era
Cornunnos, cuyas astas de ciervo significaban que
los seres humanos no somos sino una más de sus
muchas criaturas; su voz era el estruendo de la
tempestad, y el sol un generoso brillo en su
pupila que nos contempla.
“El
Señor y
la Señora
guiaban a los seres humanos a través de
la Rueda
de los Años: al morir, las almas iban a reposar
en el País del Eterno Verano; luego, tornaban a
vivir en la tierra, hasta que estuvieran listas
para marcharse por siempre.
“Pasó
el tiempo, y apareció una fe diferente, cuyo
Dios, celoso, no quería que sus fieles adorasen a
otros. Por mucho tiempo la antigua fe y la nueva
existieron en paz.
“Pero
esa comprensión fue quedando atrás. La nueva fe
se extendió por el mundo. Y un día, un hombre de
la nueva fe halló por casualidad un santuario
pagano en el bosque; y en él se topó con una
vieja estatua del Dios Astado; mucho se espantó,
pues ignoraba su significado, y decidió que,
puesto que era tan extraño y diferente del Dios
cristiano, entonces éste debía ser el aspecto de
su Adversario.
“A
partir de entonces se dijo que las brujas,
aquellas que curaban con hierbas a sus vecinos,
eran malvadas; que, cuando celebraban en los
bosques, era para adorar a los demonios; que
cabalgaban sus escobas para ir al encuentro de
Lucifer.
“Los
que todavía honraban a los viejos Dioses debieron
guardar en secreto su fe. La nueva Iglesia era
justa: respetaba a quienes tuvieran otras
creencias. Pero el vulgo (que rara vez era tan
sabio) acusó a las brujas de estar de parte del
Maligno.
“Y
nació el miedo.
“Y
la sangre pagana se derramó.
“Y
los Tiempos de
la Quema
llegaron.
El
muchacho recordó las historias que su abuelo le
solía contar, y cómo acostumbraba salir al campo
y pasear en las noches de luna llena. Y comprendió.
Aradia
Tomó una tosca piedra de una repisa, y la golpeó
con fuerza contra el suelo; la piedra se partió,
y reveló adentro un corazón de azul cristalino.
Entonces salió al jardín, colocándola bajo la
luz de la luna rodeada de cinco botellas y cinco
espejos, que reflejaban los resplandores lunares
sobre la piedra. Luego ella rezó, los brazos
alzados a la luna.
Quiso
entonces que él cantase con ella, y lo hicieron,
llenos de alegría. Al fin, tomó la joya, limpiándola
de restos de piedra gris con un cuchillo de asa
negra. Y la puso en las manos del asombrado
muchacho.
El
anillo de Aradia.
-¿Ves
cómo éste sería un anillo si la oquedad
interior no estuviera encerrada con esas delgadas
capas cristalinas, como un estuche transparente?
Algún día, no importa cuántas vueltas debas dar
a
la Rueda
de los Años, podrás poner este anillo en tu
dedo, sin necesidad de romper la piedra. Entonces
comprenderás que lo que has hecho ha sido bueno
para todos y a nadie has perjudicado.
La
noche siguiente, el párroco y los hombres de la
taberna encontraron a Aradia celebrando ella sola
en el bosque; sonriendo, se dejó capturar, y
bendijo al engañado párroco. Y una mañana,
sencillamente ya no estaba en su celda.
Más
tarde se supo que no era la primera vez que se le
hacía prisionera, y había escapado; en otras
localidades había ocurrido igual. Meses después,
el muchacho oyó decir en la taberna que una mujer
llamada Aradia había sido vista en una distante
región. Y sonrió para sí, contento por la
noticia, y tocó la joya en su bolsillo.
*
*
*
-...y
aquí está –dijo Tanit, al fin colocando la
pieza en la mano débil de su hijo. Su mal había
empeorado desde la noche que le volvió a contar
la leyenda. Ahora, una aguja cruel inyectaba suero
en el bracito de Daniel, y sus ojos azules
mostraban terribles ojeras; pero cuando miró el
anillo de Aradia, brillaron con una felicidad que
por un instante borró todos sus males.
-¿Y
supieron cómo fue hecha? –preguntó Daniel, su
voz apenas un suspiro.
Ella
había querido contarle cómo el equipo de diseñadores
y fabricantes joyeros del dueño anterior
finalmente había logrado producir una pieza muy
semejante, a través del complicado procedimiento
de templar una joya particularmente porosa, que
tuviese cavidades o “burbujas” interiores,
para luego concentrar un láser en dichas
cavidades, cuidadosamente refractado para que el
haz de luz no se concentrase hasta no haber
atravesado la capa exterior de la piedra; así habían
hecho girar la joya gradualmente, a lo largo de
horas, hasta conseguir ahuecarla.
Pero
el niño se veía tan cansado; sin duda requería
todo su esfuerzo mantenerse despierto y
sobreponerse al dolor constante, sólo para ver su
sueño, esa joya mágica de la cual le hablaba
siempre su madre y, antes que ella, su abuela. Esa
joya que luego de más de cien años, había
regresado a la familia. Así que sólo dijo:
-Con
los rayos de la luz de la luna... con cinco
botellas, y cinco espejos...
Daniel
sonreía aún. Tanit quiso creer que había
alcanzado a oír las palabras finales de su
respuesta.
Y
mientras una madre lloraba, muy lejos, en el País
del Eterno Verano, al otro lado de la luna llena,
un niño tomaba la mano de una mujer con piel de
luna. Sonriendo, ella puso un anillo azul como
estrella en el dedo del niño, y luego cantaron
juntos una maravillosa canción, una que no habían
cantado en más de seiscientos años.
Por
un instante, Tanit interrumpió su llanto, y miró
hacia la luna llena por la ventana; había creído
oír una remotísima canción.
Al
otro día, cuando no pudo encontrar el anillo de
Aradia por ninguna parte, en el fondo de su
tristeza hubo de repente algo de paz, incluso
cierta alegría, como si Daniel estuviera
sonriendo con ella.
Nota:
“El anillo de Aradia” Copyright©2001, 2003
Luis G. Abbadie (abbadie@yahoo.com). Una primera
versión fue publicada originalmente en edición
bilingüe en la revista Nuestra Joya N° 77
(marzo de 2001), y la actual en Tierra
Universitaria, órgano de difusión de los
bachilleratos semiescolarizados, Vol. I, N° 4
(diciembre de 2003), así como, en disco compacto
o impreso, como material de lectura para el
sistema de educación semiescolarizada de
la Universidad
de Guadalajara.
Publicado en Internet en el No 3 del Boletín
Wicca Bogota (Junio-Agosto 2004) http://www.geocities.com/comunidad_wicca_bogota/Boletin.html
Prohibida
su comercialización y difusión por internet o
medios impresos sin autorización del autor.
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