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El Absurdo en Busca de Sentido Corregido

Publicado originalmente en el N° 1 de la revista Éxodos (diciembre de 2001)

 Por Luis G. Abbadie  

Si vivieras aquí, estarías muerto

--Poppy Z. Brite

 En su dormitorio recargado de vapor de marihuana, el adolescente lee una revista underground donde, blasfematorio, Sergio Monsalvo equipara a William Blake, H.P. Lovecraft, Edgar Allan Poe, y John Donne con los ídolos musicales dark —Dead Can Dance, Bauhaus, Velvet Underground—, haciendo de unos y de otros auténticos psicopompos que guían al darqueto por los paraísos e infiernos de su imaginación; se dice a sí mismo que él es dark, una criatura nocturna, un poeta grandilocuente y nietszcheano, mientras desliza una navaja por su mano y, al tiempo que se masturba, empieza a sorber su propia sangre, fingiendo que su organismo la necesita, reprimiendo el rebullir que este vomitivo natural produce en sus entrañas. Entonces se limpia la herida, y convoca por teléfono a sus amigos para una nueva sesión del juego de rol Vampire: The Masquerade.

Crece el número de jóvenes con ropas negras que se congregan tanto en el Roxy como en los panteones, y con creciente frecuencia asoman por La Cueva , Les Fleurs du Mort, la Abadía de Thelema y el Tianguis Cultural sus rostros saturados de maquillaje para fingir una lividez cadavérica que ni siquiera la verdadera muerte podría inyectar en sus semblantes morenos. Se trata de los darkies, o darquetos, como a veces se autodenominan, robando a sus detractores el derecho de aplicarles este mote despectivo. Y se definen como vampiros.

Sí, vampiros; así se autodenominan estos sujetos, cuyo modelo a seguir es el insípido y ambiguo Lestat de las novelas románticas de Anne Rice. Vampiros que idolatran a Bauhaus y a los asesinos seriales, que intercambian sorbos de sangre entre ellos mismos a riesgo de indecibles infecciones, pretenden ser poetas, criaturas de la noche y, en muchos casos, auténticos seres sobrenaturales en cocción. Que Buffy los perdone.

Mas estos darquetos autoinventados son sólo algunos —y acaso los más inofensivos— de los buscadores de obscuridad que rondan nuestra ciudad. En amplios salones, y en ciertas residencias de magnitud envidiable, se congregan sujetos —estos sí, de todas las edades— con la disposición y el dinero que les abren las puertas a las antecámaras de la lujuria. Con frecuencia esto no va más allá de una orgía sofisticada, pero algunos necesitan llegar más lejos, y los gemidos de pasión se confunden con otros de agonía; un látigo entrechoca sus puntas de acero; la sangre impregna las alfombras; algún llanto infantil brota, ignorado, entre los coros del placer...

Y no lejos de ahí, en el domicilio de una notoria familia tapatía, algo se gesta en el vientre de la casa, en ese salón de cortinajes rojos y negros al que no cualquiera tiene acceso. El mismo hombre entrado en años cuya mano mueve los hilos de una industria, sostiene un cáliz por encima del cuerpo desnudo de la misma joven cuyos quince años celebraba sonriente no hace mucho en las páginas de Sociedad de los diarios, y entona una tediosa letanía en honor de un Satán que ni siquiera se molesta en escucharla.

Todos estos —los darquetos, los orgiastas, los satanistas, y los mil matices que comprenden— son buscadores de sombras, que así pretenden dar a sus grises vidas algo de contraste; pero las sombras que persiguen son espejismos, su objetivo siempre está un poco más allá. En su mano sólo queda una sombra de la sombra.

Y desde el otro lado, un frente de moralismo pretende erradicarlos, los denuncia, los convierte en raíz de toda maldad. Cualquier subliminalidad nociva y anticristiana que los cruzados de la moral creen ver en la televisión, el cómic, la música, es obra de esos buscadores de sombras, los cuales deben ser justamente condenados.

A esto responden los primeros acusando a la puritana sociedad de Guadalajara de ser hipócrita, de abanderar una moral que no sostiene, pues ven al otro lado como el alma auténtica de la ciudad.

Sólo que los abanderados de la censura son también buscadores de sombras: persiguen a los perversos, a los obscenos, a los diabólicos, queriendo erradicar las sombras que representan. Unos para entregarse a ellas, otros para destruirlas, ambos van en pos de las sombras, creyendo que lo son todo. Ninguno sabe de la Negrura que se alza por encima de ellos, proyectando esas pálidas, múltiples sombras que persiguen. Ellos no hacen sino tocar una sombra de la sombra, que es a su vez sombra de la Sombra. No son sino cardúmenes que arrastran los torbellinos que genera, con cada movimiento suyo, ese inmenso kraken que es la Negrura.

¿Dónde está la verdadera obscuridad? Tomemos, por ejemplo, una vez más a los darquetos. Juegan a los vampiros, intentan vivir un romanticismo byroniano y empalagoso; poco o nada han oído acerca de la Logia del Vampiro, aquella de los místicos luciferinos que buscan convertirse en no-muertos, en inmortales, derramando vidas en el altar de dioses primigenios. Aquellos que no se limitan a compartir sangre en un pequeño juego erótico, sino que realizan los ritos más negros, anhelan convertirse en demonios pero a diferencia de los darquetos, no vacilan en cometer cualquier acto infernal. Y aun éstos, ¿no se encuentran tan lejos como los más inocuos darquetos de convertirse en los Señores Negros que anhelan ser? ¿No son todavía, al fin y al cabo, mortales?

¿Y qué decir, también, de los satanistas «sociales» que abundan por aquí, incluso aquellos que consagran sangre y corazones a sus dioses infernales? ¿Dónde está su poder? En el ámbito del crimen y el tráfico ilegal no hay poder alguno, es sólo una manera particularmente nociva de ganarse la vida. Hay quien se siente poderoso al poder tomar lo que desea o a quien desea, sin importar a quién perjudique, a cambio ya sea de dinero o de golpes y balas. Eso no es poder; es sólo una forma particular de jugar en este inmenso juego de mesa que es Guadalajara, en este tablero de Turista donde nuestros destinos ruedan con dados invisibles, hacemos tal o cual inversión, ganamos o perdemos, siempre a costa de quienes atraviesen las casillas que ocupamos. Todos —el comerciante, el médico, el político y el narco— juegan por igual; aunque los automarginados, los rebeldes, creen hacer sus propias reglas, y lo mismo suponen los adinerados; son sólo piezas movidas por jugadores no percibidos, cumplen con su función tanto como las más estables familias de clase media.

Porque lo que buscan es jugar de manera diferente, pero siguen ocupando el mismo tablero, disputando casillas, utilizando idénticos recursos y persiguiendo iguales fines. Peces que buscan imponerse a sus semejantes y se proclaman príncipes de los océanos sin percibir los muros de cristal del acuario que los encierra.

Los expendios de artilugios eróticos, de exóticos implementos sexuales, atraen una multitud de individuos que se fingen experimentados gourmettes del ars amatoria; meros prisioneros de sus sentimientos de insuficiencia física y emocional, que dependen de tales prótesis coitales para sentirse hombres o mujeres plenos. De igual modo, si no hubiese tantas personas sintiéndose incapaces de enfrentar una relación sólida de pareja —y aferrándose al feminismo y al machismo como a precarios salvavidas—, tantas y tantas agencias de masaje enfrentarían la bancarrota. ¿Qué son la Viagra y los mariscos sino escabrosas proyecciones de aquella «pluma mágica» sin la cual el tímido Dumbo se sentía incapaz de volar?

Una suerte de culto se ha desarrollado en torno al asesino serial: Jeffrey Dahmer, Ed Gein, John Haigh, Chaingang, el Mataindigentes, Michael Myers, el Hijo de Sam, Charles Manson, Hannibal Lecter, el Asesino del Zodiaco, Nightmare’s Disciple, Jason Vorhees, el caballero fin de siècle Jack el Destripador, Andrew Compton, el Bautista y Leatherface, incluso el fabulado Maldoror; juntos danzan al son de And All The Saints Go Marching In. En medio de su ronda, Doña Blanca forzada, guarda silencio Sara Aldrete, la Narcosatánica. La clásica nota roja del amarillo periodismo nacional es voraz Jicotillo. Mientras algunos adolescentes trastocados le ponen altares a Dahmer, Manson y compañía, el país entero aborrece a Sara, la maldice, y ella cumple su condena en el precinto. Supuesta «Madrina» de los Narcosatánicos, víctima y prisionera de su captor, el «santero negro» Constanzo, Sara carga sobre sus hombros la culpa de un cartel criminal que cayó gracias a un mensaje que ella misma envió a la policía. Suyo es el odio eterno, en tanto los verdaderos criminales reciben culto y admiración.

¿Y qué son en verdad estos ídolos negros? Jamás ha habido un genio de refinado intelecto entre ellos, como Hannibal el Caníbal de Thomas Harris; todos y cada uno de ellos, frustrados, traumatizados por el abuso paterno, por el maltrato infantil, por su homosexualidad frustrada, por su debilidad inherente; en suma, por su incapacidad absoluta de cargar con sus propias vidas. Por eso más de uno ha sido títere de sombras más negras y menos evidentes. ¿Qué son los lacayos de Manson, que aún ahora aguardan su largamente anticipada liberación? Sombras de una sombra de una sombra. ¿Cuántos eslabones ignorados tendrá esta cadena umbría, antes de alcanzar esa auténtica Negrura que incluso los más inofensivos buscadores de sombras imaginan, ingenuos, haber alcanzado ya?

Algún día, quizá, de tanto buscar y hurgar en aquello que ni siquiera conciben, puedan ellos tener un vislumbre de esa verdadera Obscuridad insospechada, de las calles perpetuamente sin sol de la ciudad negra cuyo velo es nuestra familiar e inofensiva Guadalajara, con sus refinamientos y crudezas, sus paseos y sus tormentos, sus flores y su carroña... Y ese mero atisbo los consumirá como gotas de agua bajo el embate inescapable de la marea.

 

 

Copyright © 2004 Luis G. Abbadie

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En torno a ellos, el tiempo contuvo el aliento; las posibilidades florecieron, y el destino se volvió maleable. Por un instante, cualquier cosa era posible...

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